Profesional |
 Patrimonio Arquitectonico
8 de julio 2007
La Ushuaia de Ayer, Por Enrique S. Inda
El visitante que llega por primera vez, hoy queda sorprendido y maravillado al encontrarse en el extremo sur del país, con una ciudad enmarcada en un paisaje de ensueño, montañas nevadas, bosques verdeazules, que en otoño se visten de oro, de rojo y de cobre; los picos catedralicios del Monte Olivia, las aguas quietas y apacibles de la bahía, la cadena de islotes, la península de La Misión y a los lejos, el negro serrucho de la Isla Hoste, con sus dientes de piedra y de hielo, recortándose bajo los cielos nacarados o verde malva de los mares australes.
La vertiginosa transformación edilicia de la capital fueguina, los flamantes edificios públicos, el nacimiento de nuevos barrios que trepan las colinas cercanas y se extienden incontenibles, apretujados, rumbo al Monte Susana o al pie del Martial, van reemplazando inexorablemente a la antigua edificación pionera que le diera a Ushuaia, no sólo una típica personalidad arquitectónica, sino también, el encanto de una imagen única en el conjunto de las ciudades argentinas.

La Ushuaia de hoy cuenta con calles pavimentadas, buena iluminación, redes domiciliarias de gas, agua corriente, cloacas, teléfonos, estaciones de radio y de televisión; confortables escuelas primarias, colegios secundarios, institutos especializados, el Museo del Fin del Mundo, un activo puerto de ultramar; el actual aeropuerto y otro proyectado en la Misión para vuelos transpolares y, finalmente la Ruta Nacional N° 3 que desde la Plaza Congreso llega hasta Lapataia luego de casi 3.500 kilómetros de recorrido. A eso hay que agregarle centros deportivos, gimnasios cubiertos, hospitales, pistas de esquí iluminadas para prácticas nocturnas; cine, hoteles de primera categoría, es decir, dotada de todas las comodidades y servicios de una ciudad moderna.


Impresiones de viajeros famosos

A casi un siglo de su fundación, conviene recordar cómo era la capital del territorio, cuando la Isla Grande no tenía otro medio de comunicación que el arribo de los transportes navales, esperados durante meses, pero al fin, el único vínculo con el norte remoto.

En 1895, once años después de crearse la Subprefectura del Territorio, el Inspector de Escuelas de la Nación, Raúl V. Díaz, en un informe elevado a la superioridad, deja asentada su desalentadora impresión oficial: (1)

"Dieciséis casas de madera, sin ninguna comodidad, forman calles visibles debido a la distancia que media entre ellas; cinco almacenes de escasa importancia; una escuela con pocos niños, que casi siempre está cerrada por falta de local, un aserradero a vapor, obra buena del Teniente Coronel Godoy, una hermosa bahía que muy rara vez frecuentan los barcos; una misión anglicana al frente, y por fin, ochenta habitantes que viven a 600 leguas de Buenos Aires, bostezando aislados; he ahí la capital del territorio."

Pero en 1896, el explorador sueco Otto Gustavo Nordenskjöld (2), ratifica y mejora la imagen de la naciente población:

"La capital del extremo sur es un conjunto irregular de barracas. La más hermosas son las casas de gobierno, edificio grande, pintado de rojo, franqueado por grandes alas y la habitación del gobernador, una casita blanca de una sola planta, de pobre apariencia, pero amueblada con un lujo y una elegancia extraordinaria para esas latitudes. Todas las demás casas son de madera, recubiertas por chapas de cinc, muchas precedidas por cuidados jardincitos. Una casita baja es la escuela..."

Y con una inocultable ironía añade:

"...por el momento vacía. El preceptor fue nombrado hace años, pero estima que la población escolar no lo suficientemente numerosa para sus talentos y prefiere quedarse en Buenos Aires."

El célebre Fray Mocho, que nunca estuvo en Ushuaia (3), sin embargo de oídas escribió:
"Desde nuestra salida de Punta Arenas era Ushuaia el primer punto poblado que encontrábamos y se imaginará el efecto que produjo sobre mí espíritu, eminentemente ciudadano, aquella primera agrupación de casitas blancas que yo contemplaba desde abordo."

Por su parte Roberto J. Payró, en su viaje de 1884 (4) nos cuenta que:

"Ushuaia se presentó enseguida, retratada como la Misión con la torrecita de su iglesia, los muelles, las embarcaciones, los chalets y las casas, de cuyas chimeneas se escapaban ligeros humos, pronto desvanecidos, en el lago inmóvil, duplicación del cielo"

Y luego agrega con precisos detalles:

"Visitamos la pequeña iglesia en construcción, cuyas paredes exteriores son de hierro galvanizado, revestidas interiormente con otras maderas del país, como el piso, cuyas tablas proceden del aserradero que funciona en la cárcel de reincidentes."

Veinte años después de su fundación en las vísperas de la Navidad de 1904, recaló la Corbeta Uruguay de regreso de su segundo viaje a la Antártida y a las Islas Orcadas. Uno de sus oficiales, José Otto Maveroff (5) nos cuenta que:

"Mientras la Uruguay, a media fuerza de máquina, se acercaba a la población, ya empezaban a verse los edificios principales, todos construidos en madera de la localidad, el material más barato y muy bueno para el resguardo del frío, siempre que las habitaciones tengan doble pared."

En 1921, el Coronel José E. Rodríguez (6) dice a su vez:

"Ushuaia está asentada sobre un campo ondulado de dehesas verdes y crece hasta alturas agrestes. Las casas de la población, de zinc y de madera, se agrupan en torno a la casa de gobierno como buscando amparo oficial."

Otro marino, el capitán de ultramar Rafael López Cambill que llegó a Ushuaia en noviembre de 1921 como pilotín del Transporte Río Negro (7), expresa:

"Torciendo la vista hacia la izquierda, frente a la calle de la ribera, se distinguían algunos edificios sobre las pocas cuadras edificadas que existían, siendo las principales, la casa de la gobernación, la iglesia parroquial, el Banco Nación, casa del gobernador y bar El Tropezón."

Pero este autor, además describe uno de los espectáculos más conmovedores de la Ushuaia de esos tiempos:

"Fue entonces cuando vimos por primera vez que, viniendo del lado del Susana pasaba ya frente al muelle, camino del presidio, un trencito poco mayor que los del Parque Japonés. Iba cargado -apunta- de silencio y de tristeza y se arrastraba como un ciempiés. Su máquina, algo más pequeña que La Porteña, tiraba con gran trabajo de seis vagonetas playas ... sentados como los guardas y en mayor número se distinguían cabizbajos, los penados, con sus característicos trajes  a franjas horizontales, negras y amarillas, birrete de igual color ... Avanzaba el tren a marcha lenta frente al poblado, lanzando al aire intermitentes pitadas. Los chicos se alejaban de su paso y nosotros lo seguimos con la vista hasta que franqueó la tranquera del cerco del penal."

Finalmente sin agotar los testimonios, debemos recordar las palabras de Ricardo Rojas (8) cuando allá por 1934 fuera trasladado en el transporte Chaco como confinado político:

"El humilde caserío, edificado de tablas, abreviase a la orilla del canal nebuloso"

Y luego señala un detalle para muchos desconocido:

"Frente al muelle de Ushuaia alzase el monumento que rememora la ocupación argentina: sobre una base trapecial un indio ona, vestido con su piel de guanaco, empuña nuestra bandera, de cara al mar."

Se trataba de la primera obra de arte que adornaba la ciudad capital, modelada por el penado Arzac, inexplicablemente demolida a principios de la década del cuarenta y reemplazada años después por el Ona de Perlotti.


Un raro señorío urbano

A través de los tiempos, una constante impresión domina a los viajeros, cronistas y escritores, la pequeñez del caserío, la modestia de sus edificios y un extraño aire de cautivante soledad.

Porque Ushuaia, es verdad, nació humilde y pobre; de chapa y madera, pero con singular belleza. No fueron los materiales empleados, sino las costumbres arquitectónicas europeas, las exigencias climáticas, el ingenio, la prolijidad y el sentido estético de sus primitivos gobernantes y  pobladores, quienes imprimieron el sello a un estilo que se caracterizó por la unidad global, la diversidad creadora y una simpática dignidad urbana.

La capital del territorio, la ciudad más austral del mundo, fundada el 12 de octubre de 1884 por la expedición del Comodoro Augusto Lasserre, fue desde el comienzo, la más olvidada de las poblaciones del país. La edificación privada se levantó huérfana de créditos bancarios, de apoyos oficiales, de servicios públicos, ni siquiera de un trazado previo, elemental y definido, pues los bosques vírgenes llegaban hasta la playa y cada metro de superficie debía desmontarse y nivelarse removiéndose troncos y  piedras a la cincha de los caballos o con yuntas de bueyes. Los solares, prácticamente, fueron labrados a pico y pala sobre las fuertes pendientes que caían hacia el mar.

En cuanto a las primeras construcciones oficiales, como la Subprefectura, la Casa de Gobierno -devorada por un incendio en 1920- la Comisaría, la Iglesia, la escuela, todas ellas se hicieron de chapa y madera. Los primeros y únicos edificios sólidos y de elevado costo fueron, andando el tiempo, la Cárcel de Reincidentes y el Banco de la Nación Argentina.

Tampoco hubo programas de viviendas para el personal de empleados y guardianes de la cárcel. La única preocupación del gobierno nacional era el establecimiento de un presidio; primero de materiales precarios; luego de gruesos muros de piedra y mampostería con pabellones tétricos, oscuros, enrejados; celdas heladas, sin luz, sin sol; brutalmente inhumanas, pero desde el punto de vista oficial, relativamente seguras y confiables, para tranquilidad de los ministros de Justicia y drástica solución para los conflictos sociales y políticos.

De ahí que los primeros pobladores, argentinos, españoles, austrohúngaros, chilenos, italianos, ingleses y los muy pocos indígenas sobrevivientes, quedaran sin más recursos que propias fuerzas, imaginación y coraje. Nadie los ayudó; nadie les tendió una mano. Nadie hasta hoy reconoció su esfuerzo.


Los pioneros

La arquitectura fueguina durante los diez años que median entre 1884 y 1894, surgió de la necesidad imperiosa de dar alojamiento a una heterogénea población donde predominan los hombres solos y consecuentemente, se determinó la existencia de construcciones improvisadas, verdaderos galpones o barracas, sin los requerimientos mínimos ni comodidades de una vivienda familiar. Hay que tener en cuenta que el Censo de 1895 (9) once años después de la fundación de Ushuaia, registra un total de 477 habitantes en todo el territorio, de los cuales sólo 103 eran mujeres y de ellas, apenas 63 adultas. En 1914, la ciudad de Ushuaia cuenta con 1.221 varones y escasamente 226 mujeres... Y aunque cerca de 500 varones son presos, la desproporción entre hombres y mujeres sigue siendo enorme. Es decir que la población estrictamente familiar era sumamente reducida, dentro de lo muy reducido del conjunto. Y esa misma situación demográfica gravitó, indudablemente en la fisonomía de la arquitectura, de máxima privacidad, casi recoleta, exigida tanto por el medio, el clima, los materiales y la propia mano de obra disponible, mucha de ella procedente de la Europa Central o de la vecina Punta Arenas, puerto de recalada de la inmigración  extranjera.

El ámbito hogareño

La necesidad de ahorrar combustible durante los largos y severos inviernos fueguinos, especialmente en la zona norte del territorio carentes de bosques y de leña, como San Sebastián y Río Grande, obligó a una vida familiar concentrada en la cocina, que a su vez servía de comedor, sala de recibo, lugar de estar de niños y adultos; cuarto de trabajo, de costura, de planchado y hasta de lavadero para aprovechar el agua caliente de la estufa inmediata.

El uso múltiple de la clásica cocina, impuso el mejoramiento de su confort y decoración, y sin restarle intimidad hogareña, ella se convirtió en el lugar más acogedor, hospitalario y fraterno de toda la comunidad. Alrededor de las cocinas, con las planchas al rojo y las pavas o cafeteras humeando, durante años y años, décadas enteras, los olvidados habitantes del territorio, tanto los que vivían en Ushuaia, en los puertos del Canal Beagle, sobre las costas del Océano Atlántico, como en las estancias perdidas en el interior de las llanuras norteñas, se defendieron del viento, del frío y la nieve, al calor de sus viviendas, sin alumbrado eléctrico, sin diarios, sin teléfonos, radios, cines ni televisión. Totalmente aislados del mundo. Incluso sin caminos ni servicios aéreos y con buques que llegaban cada dos o tres meses, única comunicación con el norte olvidadizo, indiferente y mezquino.

Asombra que no obstante esas enormes dificultades, la pequeña comunidad fueguina creciera con hábitos arquitectónicos, urbanísticos, edilicios y domésticos, tan sencillos, prácticos, funcionales y adaptados al medio, pues gracias a ellos pudo sobrellevar esa vida de soledad y desamparo a que fue condenada por más de medio siglo.

Por dramático contraste y como ejemplo, debemos advertir que en 1910, mientras en Buenos Aires se abrían grandes avenidas o se inauguraban imponentes palacios y fantásticas iluminaciones como expresión de poderío y riqueza metropolitana para celebrar el centenario, allá lejos, perdida entre las brumas de la Tierra del Fuego, solo una delgada chapa de cinc, unas rústicas tablas asilaban y protegían al puñado de antiguos pioneros de los rigores del invierno austral, mientras con su presencia sus rudos trabajos y sacrificios defendían la auténtica soberanía territorial de la Nación.

Vida cotidiana

En las condiciones descriptas, la vida social de las primeras décadas a partir de 1884, estuvieron sujetas a dos necesidades y preocupaciones básicas elementales: la provisión de leña y el abastecimiento de carne. Para lo primero aún se contaba, en el caso de Ushuaia, con los bosques próximos de coihues, lengas y ñires; no así en las pampas peladas de la zona norte, donde la leña constituía un verdadero artículo de lujo, extraído y transportado con carretas desde las formaciones boscosas de la precordillera, o provista por ocasionales embarques de rajas desde Lapataia, Remolino, Almanza, cuando no de la propia Punta Arenas.

En cuanto a la carne ovina como base principal de la alimentación, en Ushuaia se resolvía con los cargamentos de capones provenientes de las estancias establecidas junto al Canal Beagle, y aún de la misma Isla Navarino (10), transportada por cúteres y las goletas fueguinas como la "Fortunato Viejo" o "Goleta Blanca", construida en 1873 en Cowes, Inglaterra, y que aún permanece abandonada, deshaciéndose junto al muelle de Ushuaia, a la espera de su rescate para el Museo del Fin del Mundo.

Pero la obtención de carne, tampoco era cosa fácil: dependía del mal o buen tiempo; de los frecuentes temporales que dificultaban la navegación, generalmente a vela. Ello sin contar la ausencia de cámaras frigoríficas t y por consiguiente de reservas para casos de emergencia, pues los campos de pastoreo en los alrededores de Ushuaia eran escasos para mantener por mucho tiempo los piños de lanares destinados al consumo.

Con respecto al pescado, al margen de las familiares recolecciones de cholgas y mariscos extraídos de las rocas descubiertas al bajar la marea, algunos pobladores como Celso Otero, el gallego Cambados, Padín, Ivandich, los hermanos Vidal y otros, también se dedicaban esporádicamente a la pesca en frágiles embarcaciones construidas por ellos mismos, pero en épocas de vientos huracanados, les resultaba imposible salir fuera de la bahía para tender trampas para el róbalo o sus trampas para la centolla. Por esta razón, frente al cúmulo de penurias en el abastecimiento regular de carne y pescado, se desarrolló una intensa y esmerada horticultura hogareña, cosechándose la casi totalidad de las papas para el consumo local, además de nabos, zanahorias, chiribías, rabanitos, espinacas, chauchas, arvejas, repollos, lechuga, achicoria, coles y coliflores de gran tamaño y consumo entre la colonia española. Igualmente se criaban cerdos y gallinas, dependiendo estas últimas de los arribos de los barcos portadores de forrajes, no siempre seguros, nunca suficientes, muchas veces casi inservibles por agua que se colaba en las bodegas.


Inseguridad, privaciones y abandono

Mientras no se contó con luz eléctrica proveniente de un generador a vapor instalado en la Cárcel y que funcionó hasta la década del cuarenta, la iluminación se hacía con lámparas y faroles a kerosén, siendo la escasez de este combustible otro de los grandes y frecuentes problemas de los muchos que soportaba la población. Como la rotura de los tubos y la imposibilidad de reemplazarlos. O falta de carburo, para las pocas lámparas de ese tipo. El sustituto heroico era el candil, o las toscas velas confeccionadas con grasa de capón. La situación no revestía gravedad en los meses de verano cuando en diciembre, a las diez de la noche aún hay suficiente luz para leer, pero se tornaba penoso en pleno invierno, con pocas horas de sol y la semipenumbra de los montes nevados. Sin kerosén para lámparas y faroles, la vida era más triste, la soledad más profunda, el abandono, total.

En cuanto a la leche de los niños, algunas vacas, luego un pequeño tambo, como el de Anselmo Arias o el de Saturnino Pastoriza fueron resolviendo malamente las necesidades de consumo, no siempre regular ni constante, por falta de forrajes en la temporada de invierno, es decir, de abril a octubre, cuando a los animales se los largaba al monte para que se protegieran del frío y se alimentaran con los ramoneos de las plantas. Muchos de ellos, flacos, debilitados, se empantanaban en los turbales y ahí morían, enterrados para siempre...

Todo funcionaba mas o menos bien durante el verano; se disponía de carne, de pescado, de mariscos, de centollas, verduras en abundancia y hasta frutillas y uvitas de calafate; pero durante los interminables inviernos, cuando los barcos se demoraban dos o tres meses y en las despensas del pueblo los estantes quedaban vacíos, la situación adquiría proporciones de verdadera angustia. Solía escasear o faltar totalmente la harina, el azúcar, arroz, fideos, yerba, café y hasta fósforos. Ni hablar del vino, cuyas bordalesas llegaban espichadas y las botellas rotas o vaciadas durante la navegación. Cuando no quedaban sobre los muelles de Buenos Aires, por falta de bodega, por falta de tiempo, o por mal humor del jefe de cubierta, pues las cargas para Ushuaia siempre eran mal vistas; pues obligaban a un viaje demasiado largo; cargas que incluso, una vez embarcadas podían regresar de vuelta desde Río Gallegos o Puerto Deseado sin llegar a destino, dejando a Tierra del Fuego esperando los abastecimientos reclamados con desesperación.

En tales casos. el único recurso que les quedaba a los comerciantes fueguinos era fletar una goleta hasta Punta Arenas y adquirir en territorio chileno las provisiones que no llegaban de Buenos Aires. Todo lo dicho sin mencionar las carencias de medicamentos, de atención médica adecuada. Las goletas de los hermanos Beban o el cúter de Berós, muchas veces salvaron a la población de quedarse sin alimentos, y en casos extremos, de atención médica, trasladando enfermos graves o heridos hasta Punta Arenas, en riesgosas navegaciones por los canales.

Tal sería el estado de abandono del territorio que el Gobernador Cornero, en 1890 denunciaba ante el Ministro del Interior, en un expediente (11) cosas como éstas:

"Las gobernaciones y subprefecturas del sur, están en el desierto, casi sin contacto con el mundo civilizado, llevando los funcionarios y empleados que las desempeñan una vida de privaciones y trabajos de todo género. Rara vez reciben correspondencia y los pobladores de estos territorios saben cada seis meses lo que acontece en el resto de la República. Agregue Señor Ministro, el racionamiento muy medido, en previsión de posibles carestías y se dará cuenta de las penalidades por que pasan los habitantes de los territorios del sur, particularmente los que residen en Tierra del Fuego ... En este territorio el más desamparado de todos, se encuentran las subprefecturas de la Isla de los Estados y de Buen Suceso ... que viven ... de lo que reciben de Buenos Aires, no teniendo elementos propios de ninguna clase pasa su sustento, muy a menudo compartido con numerosos náufragos. Si por desgracia sucediese este último caso, dejo a V.E. se forme una idea de la angustiosa situación en que se encontrarían aquellas reparticiones con escasez de víveres."

Para remachar el informe a la sorda autoridad ministerial, que tan mal se ocupaba del bienestar, la seguridad y aún del decoro de quienes representaban a la Nación en los mares y territorio del sur, Cornero relata:

"Ya en una ocasión salió de los Estados una ballenera para implorar caridad a un buque que pasaba por las inmediaciones de la isla y en otras circunstancias, morían de hambre como sucedió no hace mucho tiempo en Buen Suceso debido a la falta de comunicación regular con Buenos Aires..."


La ciudad, aspecto general

Para empezar, la nota dominante la dieron las techumbres, de múltiples caídas, en ángulos casi agudos, en franca competencia con los picos de las montañas y respondiendo a las necesidades de sacudirse la cargazón de nieve durante los inviernos prolongados.

La casi totalidad de las viviendas contaban con grandes ventanales orientados hacia todos los rumbos, para recibir el máximo baño solar o la escasa luz de los meses invernales. Ventanas simples o dobles, generalmente a guillotina, con vidrios pequeños, lo mismo que en mamparas y puertas, a fin de facilitar su reposición cuando éstos escaseaban, utilizándose a veces varios trozos cuidadosamente cortados y arrimados o simplemente una transitoria hojalata.

Los edificios se construían con sólida estructura de madera de lenga, de generosa escuadría, firmemente arriostrada para resistir los empujes de repentinos rachones  o temporales de viento. Los techos, todos de cinc o hierro galvanizado, como la mayoría de los muros exteriores. En algunos casos, como la casa de la familia Mata, el forro que la protegía de la intemperie eran chapas lisas.

Las habitaciones, en los primeros tiempos, se revestían con tablas rústicas, sin cepillar, con tapajuntas, o cubiertas de pulcros empapelados sobre flexible superficie de arpillera estirada y clavada sobre las ásperas tablazones. Recién con el perfeccionamiento de los aserraderos, se pudo disponer de maderas cepilladas y machihembradas. La excelente mano de obra de carpinteros y decoradores, el original dibujo y disposición de los paños, la aplicación de frisos y guardasillas y sobre todo la esmerada terminación de los detalles, realzaban la belleza de la madera local y de los papeles pintados europeos, que llegaban desde Punta Arenas en las legendarias goletas que desafiaban a vela los peligrosos laberintos de los canales o le hacían frente a las temibles corrientes y las olas revueltas del Estrecho Le Maire.

El porche

La inclemencia del clima y la necesidad de conservar el calor de las habitaciones, determinaron los accesos indirectos, protegidos por medio de porches fronteros, elegantemente construidos, adornados con cenefas de madera u hojalata recortada; cerrados con abundantes vidrios para facilitar la visibilidad exterior y la entrada de luz natural. Servían también, para instalar maceteros con plantas y flores, como un minúsculo jardín interior, o para dejar los abrigos, los zapatones, las botas herradas o los espuelines de hierro en invierno, cuando el hielo era el único pavimento de las calles de antaño.

El porche, como los escasos balcones cerrados y voladizos, o los trabajados rosetones de iluminación en los entretechos y buhardillas, la correcta terminación, la armonía de cúpulas, aleros y encajonados, constituían el signo distintivo y personal de cada vivienda. De su diseño, tamaño, ornamentos y conjugación final, surgía la importancia social o más propiamente, la sensibilidad y el buen gusto de sus moradores.


Cocinas y baños

La población de Ushuaia, casi desde sus comienzos, pese a la falta de recursos y el olvido oficial, sin embargo, contó con comodidades domésticas no conocidas sino varias décadas después en otras regiones del país y aún en los suburbios de Buenos Aires. Dispuso de agua corriente conducida por precarias cañerías o canaletas de madera desde pequeñas represas en los chorrillos cercanos.

El agua corriente posibilitó la instalación de redes cloacales y las cocinas a leña con serpentín y tanque intermediario para agua caliente en piletas, lavatorios y duchas. Y cuando aún no se había difundido y popularizado el uso y construcción de cocinas "como de películas", en Ushuaia, habilidosos artesanos fabricaban modernos gabinetes de madera y funcionales escurridores y fregaderos con chapas de hierro galvanizado, lisas o planchadas a martillo, remachadas o soldadas, pero siempre pulidas y relucientes.

Pisos y chimeneas

La casi totalidad de las viviendas contaban con pisos de madera al natural, cepillados a mano o a máquina, lustrados o pintados. Muchos de ellos recubiertos con linoleum de procedencia extranjera. Los pasillos y soleados exteriores, de piedra local; en algunos casos, pavimentados con cantos rodados extraídos de la playa, paciente y artísticamente asentados conforme a tamaños y colores. Sobre la actual calle Yaganes, frente a la Base Naval, era famoso el patio de piedra de la familia Soro.

La calefacción se resolvía con estufas a leña en casi todas las habitaciones, menos en el cuarto destinado a despensa que reemplazaba a la heladera. La combustibilidad de la vivienda no aconsejaba el uso de hogares de llama abierta. Por el contrario, lo más seguro y habitual eran las estufas de hierro fundido, tipo salamandras, inglesas, alemanas, del país o simplemente construidas por los penados en los talleres del Presidio. Y también por ingeniosos vecinos, utilizando tambores de hierro -preferentemente barriles de YPF- caños y chapones en desuso. Aún quedan como demostración de esa industria artesanal, estufas o "tachos", como se los llamaba que son verdaderas obras de arte, por el perfecto acabado de las hornallas, las perillas de ceniceros y registros, utilizando para ello, los deshechos de hierro más inesperados.

Un peligro constante: los incendios producidos generalmente por el recalentamiento de los tubos o por las chispas de chimeneas rotas o quebradas por el viento en el interior de los cielorrasos. Cuando no por la lluvia de tizones ardiendo que arrojaba la locomotora de la cárcel al atravesar el pueblo, cinchando con su carga de leña y de penados. Y también por los nidos formados por las ratas en torno a los caños que atravesaban los entretechos. Porque en Ushuaia, durante décadas, las ratas llevadas por los barcos fueron un azote inextinguible, inmunes y a prueba de trampas, cebos y raticidas. Y principalmente, porque los gatos, otra verdadera plaga, acobardados quizás por una lucha interminable, acosados por el frío, por pereza o fatalismo habían resuelto convivir con ellas, resignados a un mutuo acuerdo de coexistencia pacífica.

La edad de la madera

La formación de la primitiva Ushuaia no fue obra de famosos urbanistas, ni arquitectos; ni siquiera de modestos canteros, yeseros, estuquistas o maestros albañiles; fue el trabajo exclusivo de diestros carpinteros, cinqueros y decoradores como don Angel Pena, un verdadero artista en el arreglo de interiores. El trazado de la ciudad lo decidió la topografía sobre la angosta franja costera; su edificación y estilo, la cultura de quienes echaron las bases de la hermosa capital fueguina.

Cuenta Hilarión Lenzi (12) que:

"En 1887 llegó a Ushuaia con el Gobernador Paz, una familia que había integrado el plantel colonizador de Puerto Deseado; la de Luis Noya, formada por su esposa y sus hijos Ibón, Matilde y Enrique. El gobernador lo había instado a que lo acompañase porque se trataba de un buen carpintero, tan capaz de construir un barco como un edificio. Noya comenzó a utilizar las maderas del bosque mediante un improvisado aserradero. Abrió el camino que otros seguirían con creciente insistencia.
Se efectuó entonces la construcción de la nueva Casa de Gobierno, de la Escuela, la Policía, la Iglesia. El conjunto fue perfilando lo que se llamaría Avenida Maipú, a pocos metros de la playa."


Porque Ushuaia, salvo los edificios del Presidio y del Banco Nación, construidos sobre planos especiales y materiales durables como cuadra a sus respectivos fines de seguridad, el resto de la población, si se exceptúa el viejo edificio de la Comisión de Fomento, donde hoy funciona la Municipalidad, y los hornos de las panaderías, prácticamente no conoció los ladrillos. Un horno que funcionó en la década del veinte en un campito de la familia Mata cerca de Bahía Golondrina, produjo un material de prometedora calidad, pero no tuvo aceptación, quizás por las dificultades para obtener cal y cemento procedente de Buenos Aires. Otra tentativa posterior de fabricación de ladrillos cerca del Monte Olivia, fracasó por detalles técnicos pero no por el material empleado

Así como en los tiempos de la colonia española se conoció una civilización del cuero, del barro y del adobe que ha llegado hasta nuestros días en apartadas regiones del país, en Tierra del Fuego hubo una larga edad de la madera donde todo o casi todo se hacía de madera. Galpones, techos, tinglado, piquetes para cercos, pasillos, veredas, estructuras, muelles, puentes, artesas de tronco ahuecados, cubos para agua; canaletas de desagües, caños cuadrangulares de albañil; tejas de rajas labradas con hachas para los ranchos de los leñadores, piletas de lavar, ruedas macizas para los catangos y rayos para carros y carretas, chalanas, remos, chatones y hasta la propia lancha "Gobernador Godoy" construida con madera de lenga y que por muchos años sirvió para vincular a todas las poblaciones fueguinas del Canal Beagle.

Cuando los bosques llegaban hasta la playa, la madera abundaba y la materia prima estaba al alcance de la mano. Por desgracia, demasiado cerca. Las colinas calvas que rodean hoy la ciudad o las laderas peladas del Monte Susana, aún conservan los troncos de los bosques devorados por las hachas, las estufas y los incendios. Obra devastadora completada por el ramoneo de los animales hambrientos que han impedido la reforestación natural.


Pintura y decoración

Cuando los vecinos podían adquirir pinturas en cantidad y colores adecuados -todo venía de la lejana Buenos Aires o de Punta Arenas- los techos se pintaban de rojo y los frentes y exteriores de blanco, de amarillo crema, marfil, ocres, verde claro, celeste o gris, con los marcos de puertas y aberturas invariablemente de blanco o de negro, en abierto contraste con el fondo. Desde la bahía las casas parecían de juguete, policromadas, alegres; una encantadora tarjeta postal. La ciudad se integraba con la naturaleza que la rodeaba, formando parte del paisaje, embelleciéndolo con el remate de sus cúpulas y el manso humo de sus hogares, como símbolo de paz y tradicional refugio de la existencia humana.

Algunas curiosidades

Las manzanas de la discordia


A principios de la década del cuarenta, cuando los veteranos trimotores Junker de la Aeroposta Argentina solo llegaban  a  Río  Grande y el costo  de  los fletes  aéreos  era  muy  alto ($ 3,40 el kilo y el jornal medio de un obrero de $ 9,00), en Ushuaia por esa razón y el aislamiento, prácticamente desconocían la fruta que muy de tarde en tarde como verdadero acontecimiento podía llegar en los lentos Transportes Nacionales luego de tocar casi todos los puertos de la costa sur.
Conocedor de esta carencia, al oficial del Rastreador que zarpaba de Puerto Belgrano en viaje directo a Ushuaia, se le ocurrió la excelente idea de llevar un cargamento de manzanas con destino a la olvidada población fueguina.

Al llegar al puerto, unos marineros las trasladaron al local de la Comisión de Fomento (aún no existía la Municipalidad) donde de común acuerdo con miembros directivos de la institución, programaron el operativo de venta al público. La inesperada llegada de la fruta produjo general regocijo y la noticia se fue corriendo de casa en casa y las madres y sus chicos acudieron presurosas con sus bolsas. Como el precio debía ser nada más que el costo del cargamento, con la factura a la vista del público, los vendedores primero contaron los cajones; luego los multiplicaron en trabajosos cálculos por las manzanas de un cajón abierto al azar, sacando el precio promedio. Ni un centavo más, ni un centavo menos.

Vendieron los primeros cajones con gran éxito y ante la alegría y el agradecimiento de las amas de casa y los chicos que hacía meses no veían ninguna fruta. Pero en el quinto cajón se hallaron algunas manzanas en mal estado, prácticamente invendibles. Los marineros perplejos y los de la Comisión de Fomento preocupados, suspenden la venta, celebran una consulta; rehacen los cálculos y suben el precio. Hay protestas, explicaciones y finalmente la venta prosigue. Se abren nuevos cajones; más manzanas estropeadas, nuevas indexaciones. A medida que iban llegando nuevas compradoras el precio iba subiendo y la calidad bajando. Se armó una trifulca. Gritos, acusaciones, amenazas.

Los marineros y los miembros de la Comisión, contaron el dinero recibido en presencia de todos. Explicaron que ellos tenían que recoger el costo del cargamento. Que ignoraban el estado de las manzanas en los cajones cerrados. No hubo caso. No fueron escuchados. Las vecinas se consideraban estafadas. Avanzaron resueltamente sobre los cajones, se repartieron las manzanas buenas y malas, cargaron sus bolsas y en pocos minutos barrieron con todo.

Cuando ya no quedó nada más que los embalajes vacíos, los improvisados vendedores de fruta recontaron el dinero y comprobaron, desolados y afligidos que apenas llegaba a la cuarta parte del costo total.

Leña versus gas

La gobernación del Capitán de Navío Ernesto M. Campos, es recordado como la que le dio el impulso transformador a la Tierra del Fuego y un dinamismo que no se ha detenido hasta el presente. Desde la explotación del petróleo y con ello la obtención de importantes regalías, el aprovechamiento del gas, la construcción del moderno Hospital de Ushuaia, la terminación del Hospital Regional de Río Grande, la reconstrucción de la Asistencia Pública devorada por un incendio; el Hotel Albatros, las Hosterías Kaikén de Lago Fagnano, Petrel de Lago Escondido y Alakush en Lapataia; la Ruta Nacional N° 3 a Río Grande, la Ruta Cero a Puerto Brown, sobre el Beagle, los pavimentos iniciales en la ciudad, la iluminación pública, la emisora L.R.A. 10 Radio Nacional Ushuaia e Islas Malvinas; la ampliación del puerto, viviendas y mejoras edilicias, obras todas que luego fueron terminadas, ampliadas o completadas con otras nuevas ejecutadas sin interrupción por las sucesivas administraciones que continuaron trabajando por el progreso del territorio.

Pero no todo fue fácil. Arraigadas costumbres pueblerinas se oponían a los cambios; con el pavimento de hormigón sería imposible transitar en el invierno; el gas envasado sería peligroso e insalubre; el hospital demasiado grande, innecesario; las hosterías un derroche inútil, la ruta cero una locura...

Un poblador opositor acuñó una frase: "... se quiere reemplazar el combustible de la noble lenga fueguina, por el hediondo y antihigiénico gas embotellado que puede explotar en cualquier momento..." Ese mismo poblador fue el primero en instalar en su vivienda, estufas y cocinas a gas... Y hoy, curiosamente, son pocas las viviendas que conservan una estufa o un hogar a leña, ni siquiera como reserva, decoración o recuerdo de los tiempos pasados. Un viento de ingrato modernismo va apagando el clásico fuego encendido por los onas

El carpintero Canga Quiñones

Entre los constructores de la ciudad de Ushuaia, se cuenta un singular personaje de leyenda, que hasta el día de hoy se lo recuerda con simpatía y reconocimiento: el español José Canga Quiñones, cuyos hijos aún viven en Tierra del Fuego.

Llegó a Ushuaia en el año 1907, contratado como carpintero para la edificación de diversos edificios. Joven, trabajador, buen operario, pronto conquistóse la confianza de la incipiente capital - aldea. Pero, a pesar del éxito en su oficio y el reconocimiento de los vecinos, el aislamiento, la rutina, el hastío de la vida insular o el sueño de mejores horizontes, lo impulsaron a abandonar Ushuaia.

Tal sería el fastidio acumulado, que en 1912, antes de embarcarse rumbo a Buenos Aires en el vapor "Sarmiento", se descalzó en el muelle, sacudió los zapatos porque "no quería llevarse ni un gramo de polvo de esa ciudad maldita".

Pero el "Sarmiento" a las pocas horas de zarpar, naufragó en los bajíos de Puerto Remolino, en el Canal Beagle, donde aún se encuentra encallado, y el joven carpintero, junto con otros pasajeros se salvaron milagrosamente gracias a la oportuna intervención del "Transporte Piedrabuena" que los condujo de nuevo a Ushuaia.

De regreso forzoso a la odiada ciudad, ya sea por temor supersticioso o resignada conformidad con el destino, lo ciertos fue que resolvió quedarse. Luego se casó con Margarita González, tuvieron cuatro hijos, continuó construyendo viviendas, incluida la suya, que aún subsiste, participó en instituciones de bien público como la Biblioteca Sarmiento y la Comisión de Fomento, fue uno de los vecinos que más luchó por forestar las viviendas con ejemplares de lenga y coihues locales, llegando finalmente a jubilarse como Maestro Carpintero de los Talleres de la Cárcel. Nunca jamás salió de Ushuaia. Y ahí terminó tranquilamente los días de su vida.

Presente y futuro

A partir de 1943 con la creación de la Gobernación Marítima, la vida y la fisonomía de Ushuaia y también la de Río Grande, inician la etapa de los grandes cambios y una era de crecimiento ininterrumpido. El acelerado aumento de la población, el consiguiente problema habitacional y la urgencia de darle solución en forma masiva y a corto plazo, hoy plantea la posibilidad de que se pierda totalmente la imagen arquitectónica que ha universalizado a la capital más austral del mundo.

Por razones históricas, ecológicas, paisajísticas, Ushuaia no debe perder su original entorno boscoso que la rodea, cuyos retoños avanzan victoriosos sobre las depredaciones del pasado o del presente hozar de las topadoras en hambrienta búsqueda de nuevos terrenos para viviendas, sin respetar la presencia de hermosos bosquecillos de coihues o de lengas, cuya destrucción nada justifica.

Tampoco debe perderse el perfil señero de su arquitectura original, que puede revitalizarse y perfeccionarse con los nuevos materiales disponibles. En nombre de progreso no todo debe morir. Poco a poco, con las viejas casonas van desapareciendo también las huertas familiares y sobre todo los bellos jardines donde florecían los elegantes lupinos azules, gigantescos pensamientos, las rojas amapolas, narcisos, arvejillas, rosas y margaritones que adornaban la ciudad. La impetuosa transformación edilicia, el dinamismo de la vida actual, distintas urgencias y vocaciones sociales y culturales -todo el mundo en Ushuaia se queja de la falta de tiempo- la edificación hasta la vereda, el departamento en reemplazo de la vivienda individual, la multiplicación de barrios de casas iguales, idénticas, en hileras, simétricas, despersonificadas, instaladas en lotes increíblemente reducidos, prácticamente sin espacios suficientes o no aprovechados y cultivados, van borrando fatalmente la rica estampa de aldea somnolienta que ha quedado impresa en la literatura y en la historia.

Pero no todo se ha perdido, ni se perderá seguramente. Se observa ya un decidido renacimiento de la arquitectura pionera, con techos de múltiples caídas, madera rústica a la vista, inmensos ventanales, adecuada orientación y aprovechamiento paisajístico. Una verdadera y positiva reacción frente a las torpes iniciativas oficiales de transplantar a Tierra del Fuego, los horribles modelos de monobloques porteños, quitando la visual y la armonía del conjunto.

En cuanto a los edificios antiguos, el Presidio ya no existe como la tétrica institución que fue cerrado en 1947 y convertido luego en Base Naval. El viejo y austero Banco de la Nación está ocupado por el Museo del Fin del Mundo. La simpática Biblioteca Popular Sarmiento, fundada en 1929 y construida en chapa y madera por los penados, ha sido cuidadosamente trasladada y restaurada en la calle principal de la ciudad. Sólo falta que algún día el trencito de la Cárcel, integrante inseparable del paisaje secular, ruede nuevamente por la Avenida Maipú, llevando turistas por su histórico recorrido hacia el Monte Susana, el Turbal o la Cascada del Río Pipo.(13)

Un símbolo de soberanía

La arquitectura es lo único que puede conservar a través de los tiempos, el alma de los pueblos. Ella es la síntesis vital de su cultura. El testimonio vivo de sus habitantes, carácter y sentimientos.

Ushuaia y Río Grande: la primera capital del Territorio Nacional de la Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur, vale decir la capital de las Malvinas, Georgias, Sandwich, las Orcadas y Shetland del Sur, la segunda capital económica e industrial de la Isla Grande; ambas con edades distintas y en regiones diferentes pero con un destino común, constituyeron un ejemplo de la vocación civilizadora de los argentinos.

Por las actuales calles de Ushuaia, ayer faldeos boscosos; por las avenidas barridas por el viento en Río Grande, desfilaron los yaganes, los onas, náufragos, misioneros, exploradores, aventureros, expedicionarios, marinos, buscadores de oro, cazadores de lobos, colonizadores, ovejeros, penados, guardiacárceles, prófugos, evadidos y sobre todo hombres y mujeres de trabajo; de un corazón y un temple excepcional, movidos por un secreto impulso de echar raíces en la tierra más despreciada de toda la República.

Ellos son los verdaderos y auténticos personajes de una epopeya ignorada por las actuales generaciones. Su obra callada y sufrida, como las solitarias andanzas de Piedrabuena afirmando nuestros derechos en las rocas del Cabo de Hornos, es un ejemplo y un símbolo en la defensa efectiva de la soberanía nacional. Conservar su recuerdo y su arquitectura, será una forma de gratitud y justicia.

NOTAS

(1) Raúl V. Díaz - Apuntes sobre geografía de las gobernaciones nacionales e Islas Malvinas. (Buenos Aires - 1895) citado por Juan Hilarión Lenzi en "Tierra del Fuego" Bs. As. 1967, pág. 350 y por Juan E. Belza en su obra "En la Isla del Fuego" 2° Tomo Colonización, pág. 102 y 103
(2) Otto Gustavo Nordenskjöld . 1896 - Trascripto por Charles Rabot. "La Terre de Feu" - Citado por Juan E. Belza, obra mencionada, pág. 137
(3) José S. Alvarez (Fray Mocho) - 1898 - "En el Mar Austral", Eudeba, Buenos Aires 1961, pág. 131.
(4) Roberto J. Payró - 1898 - "La Australia Argentina" Edición de Rodríguez Giles - Buenos Aires, 1908, Tomo II, pág. 63. También citado por Juan E. Belza, obra mencionada pág. 239, 240.
(5) José Otto Maveroff - "Por los mares antárticos", Peuser, Buenos Aires, 1954, pág. 184.
(6) Coronel José E. Rodríguez - "Bellezas y riquezas australes", Buenos Aires, 1921. Citado por Juan Hilarión Lenzi, obra mencionada, pág. 325.
(7) Rafael López Cambill - "De la Marina Mercante", Buenos Aires, 1966, pág. 481, 482, 484, 485.
(8) Ricardo Rojas, "Archipiélago", Ed. Losada, Buenos Aires, 1947, pág. 20 y 124.
(9) Juan E. Belza, "En la Isla del Fuego", Tomo 3°, Población, Buenos Aires, pág. 26 y 28.
(10) Mateo Martinic Berós, "Crónicas de las Tierras del Sur del Canal Beagle", Ed. Francisco de Aguirre, Buenos Aires - Santiago de Chile, 1973, pág. 100 y 105. "Luis Fique, llamado también el primer argentino y firmante del acta de fundación de Ushuaia en 1884, tuvo campos en Santa Rosa, Isla Navarino, lo mismo que Martín Lawrence en Puerto Luisa y Róbalo y Fortunato Beban en Windhond y Antonio Isorna en los Islotes Whaits y Leuaia, todos ellos eran vecinos de Ushuaia, como Esteban Loncharich en Lénnox, Thomas Bridges en Picton, Antonio Vrsalovic y Luis Mladineo en Wulaia y Península Dumas de la Isla Hoste. Vale decir que los primeros colonizadores de las Islas Navarino, Hoste, Picton, Lénnox y Nueva fueron vecinos de Ushuaia.
(11) Juan E. Belza - "En la Isla del Fuego", Tomo 1°, Encuentros, Buenos Aires, 1974, pág. 122 y 123.
(12) Juan Hilarión Lenzi - "Tierra del Fuego", Buenos Aires, 1967, pág 322.
(13) Nota del Editor: El original de Enrique S. Inda fue publicado a fines de la década de los setenta. Veinte años después de publicada, en el antiguo Presidio funciona el Museo Marítimo y del Presidio; el Museo del Fin del Mundo sigue ocupando el viejo edificio del Banco Nación en Avenida Maipú y Rivadavia; la Biblioteca Popular Sarmiento inauguró un nuevo edificio, mucho más amplio y moderno en la misma calle San Martín, el edificio original de la Biblioteca es ocupado por la Secretaría de Turismo de la Municipalidad de Ushuaia; el tren de los presos se convirtió en el "Trencito del Fin del Mundo", recorriendo una zona del antiguo recorrido en las cercanías de las cascadas del Río Pipo, utilizando el viejo trazado de las vías originales

DATOS INSTITUCIONALES


Colegio de Arquitecto de Tierra del Fuego

Dirección: Yaganes 271
(9410) Ushuaia - Tierra del Fuego - Argentina.



Teléfono: +54.2901-435332


Fax: +54.2901-435332



E-mail: catdf@speedy.com.ar
Productora Visual, Diseo, desarrollo Web y Multimedia en la Patagonia.