Opinión del Arq. Jorge López Moreno
Eran días previos a la I Edición de la Bienal de Arte del Fin del Mundo, en febrero del 2007, y la curadora Corinne Sacca Abadi, publicaba en el diario Clarín :
“Uno de los proyectos especiales lo tendrá al Arquitecto Clorindo Testa coloreando un espacio urbano.
Y lo importante de esta acción es que queda para Ushuaia".

Y uno suponía, que de continuarse con esta iniciativa, en un par de años la Ciudad podría tener “además”, el valor agregado de obras plásticas de artistas prestigiosos.
Se tratan de aportes culturales, que deben ser “entendidos” como tales y que “no son colocados en cualquier Ciudad”.
Estamos ya con la II Bienal de Arte Contemporáneo en Ushuaia, y posiblemente se reiteren conceptos sobre la importancia y trascendencia que ello implica.
Pero desde hace unos días, ese mural ejecutado hace apenas dos años, ya no existe más.
Ya no importan las razones, fundadas o no, que llevaron a tomar esta decisión desde el estado municipal.
Es más, se podrán compartir o no los gustos sobre determinada obra plástica, ya sea pintura, escultura u otro tipo de expresión de un artista determinado.
Lo que no se debe hacer, es destruir.
Y el mural de Clorindo Testa, el arquitecto argentino más importante del siglo XX, fue literalmente “borrado” del paisaje urbano de Ushuaia.