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 Patrimonio Arquitectonico
1 de octubre 2007
Del proyecto a la obra: El arquitecto como restaurador
La arquitectura es su propio museo, vivo y habitado:

las obras del pasado se codean con las realizaciones más contemporáneas
dando al paisaje una profundidad histórica
que alimenta la memoria y los sueños.
Daniel Pinson
Architecture et Modernité.

ANTECEDENTES

La conservación adquiere significados diferentes, en ocasiones diferentes.
Alan Powers.[1]
La figura del restaurador, término proveniente del latín restauratore, existe desde la antigüedad. De la Roma imperial han quedado referencias a la restauración de edificios que fueron dañados por incendios o por catástrofes de similares consecuencias. Desde luego que el significado de ese concepto no era tan abarcador como lo es en la actualidad.

En Europa,  durante la Edad Media primero y el Renacimiento más tarde, abundaron los restauradores. Este oficio era desplegado entonces por ciertos tipos de artesanos que se agrupaban en gremios, en Francia se les conocía como corporation de métier, en Italia como arte y en Alemania como Zünft o Innung. En Florencia, ciudad cuna del Renacimiento, el gremio Arte dei Maestri di Pietra e di Legname[2] agrupaba a los capomaestri en construcciones los cuales atesoraban los conocimientos de la albañilería y la carpintería, pero también del comportamiento de los materiales y estructuras.

A medida que se fue perfilando y separando la figura del artista, el oficio de restaurar comenzó a ser visto como la ocupación de los malos artesanos, aquellos que no tenían talento suficiente para triunfar con su obra individual.
Salvando las distancias entre las profesiones y el tiempo, resulta curioso que en la actualidad se esgrima un argumento similar en el campo de la arquitectura cuando a veces se considera que son los malos arquitectos, o los menos dotados, los que escogen el camino de la restauración, falsa creencia apoyada en la idea de que un restaurador es menos creativo al trabajar con edificios y objetos existentes.
Fue en el Renacimiento que el arte de construir comenzó a  retomar los cánones de la antigua arquitectura grecorromana y a revestirse con nuevos fundamentos teóricos. Estos y otros presupuestos despertaron el interés de los mecenas por preservar esas grandiosas edificaciones del pasado que servían de inspiración a las creaciones de artistas y escritores.

Entre los teóricos de ese período se destaca la figura de Sebastiano Serlio, arquitecto, pintor y tratadista italiano que dedicó parte de su vida a graficar los monumentos de la antigüedad y a escribir un largo tratado de arquitectura que incluye aspectos relacionados con la elaboración de los proyectos y construcciones y cuyo último volumen recoge técnicas para la restauración de los edificios medievales.

La arquitectura tradicional sufrió muchos cambios en el siglo XIX, en un nuevo contexto fueron retomados estilos del pasado de acuerdo a la predilección de los arquitectos,[3] para quienes estos géneros constituían  modelos para la creación de nuevos ejemplos. En ese siglo,  ante la fuerza arrolladora de un desarrollo social capaz de demoler con la intención de renovar, surgió el concepto de “monumento” y la figura del restaurador incrementó su alcance y prestigio al ser reconocida la utilidad pública de esta profesión. En París, por ejemplo, se estableció, en 1840,  el cargo de Arquitecto Jefe de Monumentos Históricos, institución que aún perdura, integrada por un cuerpo de arquitectos especializados en la restauración de monumentos.
A este período pertenecen reconocidas figuras como Viollet-le-Duc, Ruskin, Camilo Boito y Cesare Brandi, entre otros. Sus diversas y no menos polémicas opiniones, además de atender a los criterios de historiadores y críticos, se debatían entre los que optaban por una intervención perfeccionista y mimética y los que preferían respetar el paso del tiempo y dejar clara la presencia del restaurador. Este debate no ha perdido actualidad.
El siglo XX registra, sin dudas, una mayor dinámica en el desarrollo de los fundamentos teóricos y prácticos de la restauración patrimonial. El arquitecto restaurador amplía su campo de actuación e interacción con otras especialidades y comienza a abarcar, además de la escala edilicia, la urbana e incluso la territorial. Paralelamente, el concepto de patrimonio también evoluciona, al incluir otras manifestaciones culturales y ejemplos menos grandiosos e inclusive modestos. Abarca además todas las etapas, tanto antiguas como recientes.
En este siglo se crean las organizaciones internacionales destinadas a proteger el patrimonio frente a las contingencias naturales y a las consecuencias ocasionadas por los conflictos bélicos; se diversifican las metodologías e instrumentos para facilitar los procesos de intervención patrimonial y para la divulgación y formación de capacidades relacionadas con su salvaguarda.

En Cuba, los primeros esfuerzos por rescatar el patrimonio partieron de la vanguardia intelectual de los años 20 y 30, encabezada por el entonces Historiador de la Ciudad Emilio Roig de Leuchsenring. Se trataba de afrontar las transformaciones edilicias que el desarrollo inmobiliario preveía para la ciudad antigua y también de frenar el deterioro y abandono en que se encontraban los monumentos. Para ello se crearon instituciones como la Junta Nacional de Arqueología y Etnología, la propia Oficina del Historiador y el Departamento de Arquitectura y Urbanismo del Municipio de La Habana, que lograron el apoyo gubernamental para las primeras declaratorias de Monumento Nacional y que se dictaran las pautas para su salvaguarda.
Las autoridades públicas no mostraban mucho entusiasmo por el patrimonio cultural en los años de la República por lo cual, como suele suceder, las iniciativas quedaban en manos de intelectuales y personalidades cultas. Vale la pena destacar que al margen de esa indiferencia oficial se realizaron obras de importancia como las labores arqueológicas y de conservación en la iglesia de Santa María del Rosario,  "gracias al espíritu investigador y curioso del reverendo padre Raúl Martínez"[4] estimulado e impulsado por el insistente Alejo Carpentier.

Por similares intentos fueron salvaguardados los tesoros del Museo Nacional, abandonados "en un caserón oscuro y sucio de la calle Aguiar".[5] Su director, el maestro Rodríguez Morey y el pintor Domingo Ravenet, conservaron y rescataron ese patrimonio. Guy Pérez Cisneros destaca los esfuerzos realizados por el historiador Emeterio Santovenia, senador de la República,  quien en los años 40 libró más de una batalla por la cultura, logró que se dotara al Archivo Nacional de un nuevo edificio y dictó una proposición de Ley para la protección del Museo Nacional y del patrimonio pictórico.
Los aspectos más sobresalientes de las primeras restauraciones en las plazas de Armas y de la Catedral, fueron recogidos por el Dr. Emilio Roig de Leuschenring en sus trabajos sobre los Monumentos Nacionales de la República de Cuba. Estas intervenciones fueron encargadas a arquitectos de prestigio, entre los que se destacaron Luis Bay Sevilla, Evelio Govantes y Félix Cabarrocas, Eugenio Batista, Francisco Ramírez Ovando, Cristóbal Martínez Márquez, entre otros. Las soluciones empleadas, sin embargo, no siempre fueron cuidadosas, sobretodo si se analizan de acuerdo a los criterios actuales de la restauración patrimonial.  El Dr. Pérez Beato,[6] critica los trabajos realizados en la Plaza de la Catedral, a los cuales califica de escenográficos porque tenían "más de tramoya que de realidad estética", por su parte el Historiador de la Ciudad Emilio Roig refleja algunas de las críticas publicadas a propósito de los trabajos ejecutados en La Catedral de La Habana en 1950[7] los cuales modificaron radicalmente sus interiores.
No es hasta los años 60 que se le da indudable coherencia a las labores de restauración gracias a la iniciativa del gobierno revolucionario y se le da continuidad a los trabajos, ya conocidos, de rescate arqueológico y arquitectónico encabezados por la Oficina del Historiador a los que se suman los organismos del Consejo Nacional de Cultura.[8]
A nivel mundial, las décadas de los años 70 y 80 resultan de gran importancia, pues en esta etapa alcanzan mayor relieve las intervenciones que se realizan en las escalas urbana y territorial. Paralelamente, las políticas vinculadas a la actividad patrimonial comienzan a incluir las dimensiones económica y social junto a los aspectos culturales y técnicos, obteniéndose una visión mucho más abarcadora. Las mejores prácticas, antes concentradas en el continente europeo, especialmente en Italia,  trascienden a otros sitios del mundo.
 
CÓMO SE DEFINE AL ARQUITECTO RESTAURADOR
La complejidad y alcance que van adquiriendo las intervenciones sobre el patrimonio arquitectónico y urbano a nivel mundial, demandan no solo la participación de arquitectos, sino de una amplia gama de profesionales especializados en la restauración y la rehabilitación, provenientes de diversas especialidades. Aunque el mismo concepto de restaurador es válido para muchas disciplinas, interesa en este caso particularizar en el caso del arquitecto que se dedica a la restauración, porque tanto la formación que requiere como el  trabajo que realiza se diferencian considerablemente del que se ejecuta en otros campos de la arquitectura y del diseño.  En esta dirección se debe destacar que  la formación académica que se obtiene en las carreras universitarias, solo abarca algunos temas de mantenimiento y patologías, insuficientes para esta especialización.

Como sucede en casi todos los campos del conocimiento, el arquitecto que se dedica a la restauración requiere una formación multidisciplinaria: además de tener una buena formación en su especialidad, debe conocer de historia, de arqueología, de sociología, tener nociones de antropología, de urbanismo, de economía e incluso elementos jurídicos. Como es imposible que pueda abarcar profundamente todas estas especialidades, requiere tener un conocimiento general que le permita integrarlas armónicamente a los proyectos, tanto en las etapas iniciales de investigación, como en la elaboración de las propuestas y en su ejecución.

J. Marston Fitch define al restaurador como "un profesional que aplica sus habilidades formadas y a la vez aprende las interfaces entre su especialidad y las de otros campos que trabajan junto a él. Alguien que por encima y más allá de su entrenamiento base es capaz de ser un generalista, lo cual significa ver su área específica de acción solo como una pequeña parte de las especialidades coexistentes".

De lo anterior se derivan conclusiones de gran importancia, en primer lugar se infiere que el arquitecto restaurador debe trabajar en equipo, algo también inherente al campo de las nuevas construcciones, pero con diferencias relativas al tipo de proyecto que se realiza. La segunda conclusión que se puede deducir es que en el trabajo con diferentes especialistas el arquitecto requiere la capacidad de coordinar procesos y relacionarse con los diferentes actores que intervienen, en mayor o menor grado.
Una parte importante de la labor del arquitecto restaurador se deriva entoncesde su enorme responsabilidad en la toma de decisiones que están fuertemente condicionadas por un patrimonio existente y por factores de corte económico y político que afectan directa o indirectamente las múltiples disciplinas que realizan sus proyectos investigativos a la par del arquitectónico partiendo del mismo objeto patrimonial.

Pero mientras que otros integrantes del equipo de restauración se desenvuelven en los temas investigativos de problemas específicos como los diagnósticos de materiales, los estudios estructurales, los inventarios de valores y las indagaciones arqueológicas, entre otras pesquisas, al arquitecto le corresponde la labor de integrar al proyecto todos esos resultados y definir de qué forma y con qué prioridad y alcance se mostrarán esos aportes.
El profesor Enrique Morales Méndez nos ofrece la siguiente definición: "para ser restaurador  hay que ser mejor que arquitecto, y solo llega a ello, tras muchos años de experiencia, el gran profesional que además está dotado de una gran sensibilidad, condición obligada para poder actuar sobre un pasado tan difícil".[9]

El arquitecto Daniel Taboada, maestro de los arquitectos restauradores cubanos, añade a las condiciones anteriores la virtud de la modestia, sin la cual no se puede intervenir un edificio y respetar adecuadamente la creación y los valores aportados por los que nos precedieron.
Finalmente la profesora y restauradora Elisa Serrano nos brinda la definición más poética de lo que debe ser un restaurador, basada en su esencia humanista como denominador común de todas las disciplinas que intervienen y en la identificación profunda del restaurador con la obra objeto de estudio, no solo con las paredes y muros que hablan, sino aspirando a una espiritualidad en la que se sienten los ecos y presencias del pasado, ella hace un llamado a "conservar el valor espiritual intrínseco, que lo identifica y prima sobre la materialidad".
 
ENTRE LA TEORÍA Y LA PRÁCTICA
 
Unos son mudos, los otros hablan, y otros, en fin, los más raros, cantan.
Paul Valéry. L’Epaulinos.[10]
Al intervenir el patrimonio ignoramos, a menudo, el reto enorme que tenemos por delante. Si bien en la nueva construcción un diseño mediocre afecta la calidad de la vida de los ciudadanos y distorsiona sus parámetros estéticos, en el caso de una mala restauración, a lo anterior se suma la pérdida de valores de un patrimonio irrepetible.
Sin restar importancia a la formación teórica que suministra los fundamentos conceptuales y los instrumentos metodológicos para poder actuar, es en la práctica donde mejor se forma un profesional de la restauración, en el aprendizaje que resulta del intercambio permanente con técnicos y especialistas de otras disciplinas en el campo de acción y mejor aún si estos primeros pasos se dan de la mano de un maestro.
Este aprendizaje vital, que solo se logra en contacto directo y profundo con las obras patrimoniales, cada una igual y diferente a la otra, es el que entrena al arquitecto restaurador para que pueda leer ese discurso imaginario y simbólico de los edificios y espacios que son intervenidos a través de sus materiales, técnicas constructivas y del deterioro que muestran.[11]
 
TRES FACTORES IMPRESCINDIBLES: CONOCIMIENTO,  HABILIDAD Y EXPERIENCIA
Los trabajos de restauración y rehabilitación del patrimonio requieren de un saber profundo o como lo define la profesora Carlotta Fontana[12], de un "proyecto del conocimiento, como característica específica del proyecto de rehabilitación a todas las escalas". Si bien es cierto que resulta imposible lograr el conocimiento total sobre una obra, al menos se trata de profundizar al máximo en los datos documentales y  arqueológicos y con los diferentes diagnósticos que se realizan.

Corresponde al arquitecto restaurador decidir, en buena medida, el límite hasta el cual se deben llevar las investigaciones, de acuerdo a los cronogramas de tiempo previstos para la entrega de la documentación técnica y también la forma en que las hipótesis interpretativas de la evolución de la obra se reflejarán en el proyecto.  Esto no quiere decir que el marco decisorio del arquitecto frustre o limite los proyectos investigativos de las otras disciplinas, como los arqueológicos, arqueométricos e históricos, los cuales pueden llevarse adelante por el tiempo que sea preciso, pero sí resulta necesario limitar aquella parte de los hallazgos y datos relacionados directamente con la obra, que influyen sobre determinadas soluciones y decisiones en el avance del proyecto de restauración. El uso al que se vaya a destinar la obra restaurada influye decisivamente en esta cuestión,  puesto que si se trata de un proyecto que enfatiza los hallazgos arqueológicos, o los frescos y pinturas murales, se le debe otorgar prioridad a estos aspectos por encima de otros elementos técnicos, funcionales o estéticos.

La habilidad de los técnicos y obreros que llevan a cabo los trabajos, es un factor decisivo para una buena restauración. En La Habana Vieja aún se evidencia que los trabajos preliminares y de limpieza en las obras son más destructivos que de conservación. Por otra parte, en ocasiones, durante el proceso de restauración, se desatienden las recomendaciones de los restauradores y de los arqueólogos. De nada sirve realizar investigaciones profundas, haber analizado los datos y elaborar un proyecto de acuerdo a determinadas hipótesis si no se cuenta con la fuerza de trabajo especializada para cumplir los objetivos trazados.  He ahí la importancia de transmitir los conocimientos necesarios a los integrantes de las brigadas restauradoras y de formarlos adecuadamente en los oficios que deben desempeñar, tal y como se viene realizando en La Habana y en otras ciudades de la Isla.

A menudo, los propios arquitectos que dirigen los proyectos carecen de la experiencia requerida para enfrentar la obra que se les encomienda y cuando esta situación se conjuga con la falta de experiencia en los operarios, o existe el conflicto tan nocivo y peligroso entre lo que es valioso para la restauración y se debe conservar, pero no reporta beneficios económicos para el constructor y por lo tanto no es de su interés, entonces el patrimonio sufre pérdidas irreparables.  Es por esta causa que en la formación de las habilidades, tanto de los técnicos y los obreros como de los profesionales debe jugar un papel primordial la transmisión de experiencias adquiridas en proyectos anteriores.
Al respecto el profesor Morales Méndez nos dice que "ante la falta de conocimiento que indique los caminos a seguir…tan solo puede aconsejarse ser conscientes, cautelosos y llegar hasta donde se debe llegar teniendo la humildad de no actuar si no se sabe cómo hacerlo".
 
TRES ACTITUDES IMPORTANTES: RECONOCER, RECTIFICAR Y CEDER
Todo proceso creativo está sujeto a la posibilidad de cometer errores; "las obras de arte nacen, en primer lugar, del sentimiento"[13] pero al ser la arquitectura además de arte, técnica, es preciso, cuando se decide empezar una intervención patrimonial, haber avanzado en el proyecto de conocimiento de la obra puesto que si se carece de la información pertinente pueden no tomarse las decisiones más adecuadas.

Esta cuestión también se relaciona con la contradicción que se produce entre lo que se proyecta o planifica y lo que sucede en la realidad, ya que el proyecto de restauración es un proceso que comienza con la fase investigativa pero estas acciones continúan a lo largo de la ejecución de la obra, razón por la cual es preciso, ante nuevos hallazgos, rectificar y aportar soluciones a problemas imprevistos.  En ocasiones resulta necesario desarrollar nuevas hipótesis interpretativas de la edificación o del lugar que se interviene.

Aunque en los proyectos de restauración se trabaja con un gran nivel de detalle, por lo general estos resultan insuficientes a la hora de enfrentarse a la obra. A esta cuestión se añaden los ajustes por la carencia de materiales y por la inestabilidad de los suministros. Estos problemas pueden atenuarse mediante una buena comunicación entre los integrantes del equipo de trabajo: proyectistas, inversores y miembros de la brigada de restauración, para anticipar y resolver parte de esos problemas aunque siempre quedan aspectos a solucionar durante el proceso. A un trabajo más eficiente contribuye la presencia casi permanente del arquitecto en la obra, para sensibilizar a los técnicos y obreros menos experimentados a la vez que nutrirse de la experiencia de los más conocedores.

De lo anterior se infiere que se requiere de una gran flexibilidad y capacidad de ceder y asimilar los cambios entre la parte proyectista, la de gestión inversionista y la constructora, ya que los errores que se cometan afectarán, indefectiblemente el patrimonio.
 
FACTORES QUE SE DEBEN ENCAUZAR. DIVERGENCIAS, CONFLUENCIAS, BUENA VOLUNTAD
Uno de los principios fundamentales para el éxito del trabajo en equipo es el de buena voluntad de sus actores,  ya que la complejidad de las intervenciones y la multiplicidad de actores involucrados propician el surgimiento de situaciones conflictivas por los divergentes criterios de actuación.

Uno de los conflictos más comunes parte de la circunstancia de que las intervenciones patrimoniales, como cualquier otra obra, están sometidas a opciones políticas y a circunstancias económicas que pueden ser incompatibles con los resultados de las investigaciones o con las ideas que el arquitecto desea desarrollar con su proyecto.

También puede ocurrir que el arquitecto se aleje de los resultados de investigaciones y datos, para diseñar una intervención que responda a un lenguaje arquitectónico y a un deseo estético, en lugar de propiciar un proceso de análisis que considere y cruce debidamente los datos e informaciones aportadas por otros integrantes del equipo, como son los historiadores, los arqueólogos y otros especialistas de las ingenierías, de manera que la decisión final pueda tomarse con la responsabilidad y el nivel de conciliación requerido.
Con todos estos elementos el arquitecto restaurador no debe perder de vista su postura creativa,  ya que su labor no consiste en reflejar una sumatoria de resultados históricos, arqueológicos, estructurales y de otro tipo, sino en analizar y cruzar todas estas informaciones para llegar a una propuesta en que estos aspectos estén presentes o al menos queden debidamente documentados en los expedientes de trabajo.

EL CONTEXTO Y LAS ESTRATEGIAS: TIEMPO, RECURSOS Y CAPACIDAD DE NEGOCIAR

Toda obra de restauración patrimonial requiere de tiempo y paciencia. Ya se ha mencionado que el proceso de investigación  no puede durar indefinidamente pero de la profundidad de las indagaciones y exploraciones, así como de los  análisis que se realicen dependerá, en buena medida, la calidad del proyecto.
A menudo la posibilidad de estudiar in situ e investigar determinados elementos de la obra: los restos arqueológicos, las pinturas murales e incluso determinados elementos tipológicos añadidos en el tiempo, se pierde debido a  la premura con que se comienza la intervención "constructiva".

La vigilancia de los especialistas y fundamentalmente de los arquitectos restauradores en estas etapas iniciales del proyecto, es decisiva para la salvaguarda de los valores de las obras y para preservar o al menos documentar determinadas evidencias que por su fragilidad pueden desaparecer durante los trabajos preliminares.

En ocasiones la falta de sensibilidad, de conocimientos o la circunstancia de no valorar adecuadamente la importancia de la edificación, inciden en la pérdida de valores patrimoniales. Algo similar también ocurre por "acelerar" los trabajos y ganar en "productividad", en detrimento de proteger y conservar la obra. A menudo se desoyen y subestiman las recomendaciones de los arqueólogos y los arquitectos en cuanto a métodos de trabajo, soluciones técnicas y normativas constructivas. Esto no significa que todas las sugerencias se respeten al pie de la letra, pero sí implica la necesidad de discutir, negociar y llegar a soluciones en que se logre equilibrar lo que se pierde y se gana.

El tema de los recursos materiales y financieros influye considerablemente en los resultados de la intervención, pero en este punto hay mucho que aprender, sobretodo conservando lo que existe y está en buen estado y a menudo se "demuele para que los obreros tengan trabajo". Hay obras en que se retiran los enlucidos y se desvisten los muros solo porque tienen humedad o están abofados, sin antes considerar el valor de conservar los originales, hay estructuras que se desmontan totalmente teniendo solo daños parciales, hay tejados que se deshacen para llevar las tejas a otro lugar al que no pertenecían y piedras de se desarman para ser de nuevo montadas, perdiendo los edificios parte de su autenticidad. Habría que preguntarse cuantas de estas acciones podrían ahorrarse en función de ser restauradores mejores y más eficientes y de lograr una dinámica bien encauzada capaz de obtener muchos más ejemplos dignos de ser divulgados.

El proceso de gestión de una obra es una mesa de negociaciones que integra a los actores técnicos, políticos y financieros,  en la que se gana o se pierde, como en otras cuestiones  de la vida, en donde, como dice el Historiador de la Ciudad, es preciso ceder para luego triunfar, pero en el transcurso de las discusiones es preciso no perder de vista que el objetivo esencial de nuestro trabajo como restauradores es rescatar el patrimonio en beneficio de la cultura y de la sociedad.
 
CONCLUSIONES
Si solo de pan viviera el hombre…,
el mundo estaría poblado de panaderos.
Alejo Carpentier.

El oficio del restaurador se vincula al quehacer del arquitecto desde el Renacimiento, cuando el redescubrimiento de lo clásico impulsa a historiadores, artistas, críticos y políticos al estudio y conservación de muchas obras grandiosas, fuente de inspiración de las creaciones técnicas y artísticas.

En el siglo XIX la profesión del restaurador alcanza reconocimiento profesional y público, pero es en el siglo XX que logra su mayor desarrollo, cuando el concepto de patrimonio se amplía para abarcar, además de la arquitectura, las escalas del urbanismo y se desarrollan metodologías e instrumentos novedosos para todas las disciplinas vinculadas al mismo.

Existen principios ineludibles en el desenvolvimiento de la actividad del arquitecto restaurador influidos por la circunstancia de que un proyecto de restauración es un proceso continuo de investigación, análisis e interpretación en el que participan numerosos actores y que constantemente sugiere nuevos caminos y ajustes. Es el proceso lo más importante, pues una vez acabada la obra, el arquitecto y su equipo marchan hacia una nueva aventura, es como dijera Carpentier al citar a James Joyce, “el amor por la obra en camino”.[14]
En la actualidad existen y se alternan raciocinios, ritmos y dimensiones de trabajo diferentes que complejizan el proceso y que es preciso armonizar. Existe una lógica de proyecto, que se inicia con la fase de estudio e investigación en la que participan muchos especialistas de diversas disciplinas; y paralelamente existe una lógica de gestión, que engloba a la de proyecto pero que va más allá, acompañando todo el proceso de ejecución y puesta en marcha del proyecto. Las diferencias entre las prioridades e intereses de las dinámicas y ritmos de trabajo producen conflictos que deben ser resueltos en beneficio de la calidad de la restauración, pero que perduran a lo largo de todo el proceso de concepción y ejecución de la obra.

Lo más importante al final es que estas tramas y contradicciones, por muy disímiles y complejas que puedan parecer, tienen un denominador común, al estar integradas por el objetivo esencial de salvaguardar los valores sociales, culturales y consecuentemente humanos.

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